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Funciones literarias fundamentales.

Apelando a un esquema lo más sencillo posible, podríamos decir que toda obra literaria cumple cuatro funciones básicas: estética, lúdica, formativa e informativa. Las dos primeras, que llamaremos específicas, constituyen la esencia misma de toda obra artística. Sin ellas, no estaríamos hablando de arte. Las otras dos, que llamaremos derivadas, se cumplen en la obra de arte a partir de las dos esenciales. (En obras no artísticas también se cumplen, pero de otro modo.)


Hay que aclarar primero que estas cuatro funciones son potencialidades más o menos ricas de la obra de arte, pero sólo se cumplen en el encuentro con su receptor. Cuando ese encuentro ocurre, la obra aporta su caudal como obra, y el receptor el suyo como tal, que dependerá de  su desarrollo, su afinación, y también de sus gustos personales. De las características y valores de ambos aportes dependerá el saldo de ese encuentro. Un receptor de pobre afinación puede rechazar una obra rica, y puede por supuesto gustar de una obra pobre. Y también puede haber sorpresas. Nada está previamente garantizado.

Hay que aclarar, por último, que uno separa y examina estas cuatro funciones por motivos de esquema, pero ellas se cumplen en estrecha e inseparable relación. La obra es como la luz: uno le aplica un prisma y ve que está compuesta por distintos colores; pero la luz es una cosa entera y única. El lector, normalmente, no lee con un prisma.

Funciones específicas:

La función estética.

Esta función es amplia y compleja, responde a un sentido especial del ser humano para percibir lo bello, en sus innumerables grados y matices, y depende de múltiples factores que atañen, por una parte, a la naturaleza del objeto (sea natural o artificial), y por otra, a las características individuales y culturales de su receptor. El sentido de lo estético se aplica, por ejemplo, a un paisaje, al diseño de un vaso, al rostro de una persona, a una sinfonía, una danza, un poema, una flor, una cortina, una ópera, una novela, etc., y en todos los casos la experiencia será muy diferente, según el objeto y según la persona. Desde la vivencia de algo simplemente "bonito", hasta la de una profunda conmoción, pasando por mil grados y matices.  (La Estética, como disciplina, es el estudio del sentido especial de lo bello, y de sus conexiones con la psicología, las formas naturales y artísticas, y las diferentes culturas de cada época y lugar.)

La función lúdica.

Dicha función responde a una necesidad e instinto de juego. En el caso del arte ese juego presenta infinitas posibilidades en cuanto a elaboración, complejidad y potencial impacto en el receptor, considerado dicho impacto en tres vías o planos fundamentales de percepción: racional, sensorial y emocional. El arte juega con ideas, sensaciones y emociones, en una combinatoria infinita en que los tres factores se equilibran o alguno de ellos alcanza más relieve que los otros. Pero, desde las rimas y ritmos más obviamente lúdicos y sensoriales de la poesía para niños pequeños, hasta las obras más profundas y dramáticas de la literatura para adultos, todo es un juego donde el autor se ha sumergido para mover sus piezas y reglas, y donde el lector se sumerge para seguir ese movimiento con su propia manera de representárselo y hacerlo suyo. Y si el lector (o el oyente) no se involucra en lo que lee u oye como en un juego, entonces no funciona.

Funciones derivadas:

La función formativa.

En la medida en que lo estético y lo lúdico funcionen, podrán cumplirse las posibilidades formativas de la obra. Esta función se refiere a una determinada manera de contribuir al desarrollo y la afinación de la persona en muchos sentidos diferentes. Atrapada por las vivencias estéticas y por el juego de la obra, la persona experimentará sin darse cuenta una ampliación y profundización de varias capacidades: pensar, sentir, imaginar, emocionarse. Y, también sin darse cuenta, entrará en contacto con intuiciones de "bien" y "verdad" que sentarán las bases del amor a estas nociones y de un pensamiento centrado en ellas. Es así que lo ético, y en general todo lo valórico, pasa de contrabando en lo estético y lúdico. El solo hecho de comenzar a disfrutar las  calidades del lenguaje artístico significa ya una formación, que sólo es posible, y sólo podrá continuar y afirmarse, gracias a ese disfrute.

Ahora bien, uno de los errores típicos en este campo es concebir el arte no como un valor en sí mismo, sino como mero instrumento de formación, concretamente de formación valórica. Aunque esta sea parte de su función formativa, el secreto del éxito y la calidad del arte radica, en gran medida, en que dicha función no aparezca jamás en primer plano. Que a simple vista no se note. Es insoportable darse cuenta de que a uno le están disfrazando de juego los temas valóricos. Muchos adultos despistados, cuando por desgracia deciden que son escritores para niños, hacen eso. Es el llamado "moralismo", una plaga típica del género. Aunque ya no aparezca la tradicional "moraleja", el moralismo sigue existiendo. (Abunda en la literatura que escribieron ciertas institutrices francesas del siglo XVIII, y su nefasta influencia pasó a España en el XIX, y luego a América.)

La función informativa.

Esta función es la más valorada por aquellos que conciben el arte como mero instrumento de aprendizaje, de documentación. La entienden mal, por supuesto. Cometen el también típico pecado del "didactismo", otra plaga tan insoportable como el moralismo, porque uno se da cuenta de que le están disfrazando de juego una lección cualquiera. Le dicen a uno, "Ven, vamos a divertirnos", y luego resulta que hay un pizarrón.

Sin embargo, el arte siempre es informativo, siempre está informándonos sobre la realidad, tanto exterior como interior, concreta o abstracta, pasada o presente, lejana o cercana, histórica o ficticia. Aun lo más imaginario (animales que hablan, seres extraterrestres) está imaginado a partir de elementos de la realidad. Por eso a la ficción artística no se le exige que sea verdadera (como se le exige al relato histórico), pero sí verosímil, creíble. Aun la fantasía más desbordada tiene que seguir cierta lógica, cierto sentido de la realidad.

El arte, aun cuando no maneje fechas, nombres, hechos o cosas de la historia o la naturaleza (es decir todo aquello que se entiende comúnmente por información), siempre está informándonos. Por ejemplo, el más sencillo juego de sonidos e imágenes de la poesía para niños pequeños, nos está informando, en primer lugar, sobre cómo es y cómo puede ser nuestro idioma: un idioma que en el resto del día no suena así, no juega así, no provoca así. Obviamente, es una información que al mismo tiempo es formación: formación del oído, del gusto, de la sensibilidad. El niño no se da cuenta de que se entera de algo muy importante, pero se entera. Con los cinco sentidos y alguno más.

 

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