Disposición
El primero de ellos es la disposición. Una buena disposición significa que el adulto comprende y valora el asunto, que está convencido de su importancia. A partir de aquí, comienza a tener solución el eterno problema de la falta de tiempo, ya que entonces el trabajo de iniciar al niño en el disfrute literario será situado entre las prioridades de la "agenda". Y como sabemos, para las cosas priorizadas el tiempo aparece, aunque sea a costa de otras cosas. Todo depende, obviamente, de nuestra escala de prioridades. Mientras el adulto no asuma que el tiempo dedicado de este modo al niño es una "inversión" a largo plazo ―que promete frutos no cuantificables pero valiosísimos―, no habrá solución. Se requiere, por tanto, un profundo convencimiento, una especie de fe.
Capacidad de disfrute
La buena disposición del adulto implica también una capacidad de disfrute de ese trabajo, de modo que no le represente un "trabajo", ni un sacrificio de su tiempo, sino un espacio de relajación y diversión, un espacio de auténtica sanación en medio de tantas cargas cotidianas. (El adulto a menudo necesita convencerse de la necesidad y utilidad de hacer algo que en el fondo le gusta, para hacerlo sin peso de conciencia. En este caso puede estar tranquilo.)
Memoria de la infancia
Otra gran ayuda para el adulto puede ser su propia memoria de la infancia: todo lo que esté en su memoria selectiva, de carácter anecdótico, emocional y sensorial: deseos, alegrías, imágenes, amores, rechazos, miedos, vergüenzas, curiosidades, sensaciones, etc. En la medida en que esa memoria sea rica, le será más fácil comprender las reacciones de los niños, e imaginar sus procesos más íntimos. En realidad, es la mejor clave que puede poseer el adulto para penetrar aunque sea un poco en el misterio de la infancia. Vale la pena que el adulto ejercite en este sentido su memoria, que medite detenidamente sobre su infancia tratando de recordar episodios, sensaciones, imágenes, emociones, afectividades, por intrascendentes que parezcan. Pero, atención: de ningún modo olvidará que cada historia personal es única, y que sería un error suponer que cuanto hubo o no hubo en su infancia tiene que haberlo o no haberlo en la de todo el mundo. La inteligencia de la memoria radica precisamente en saber distinguir lo general y lo particular en la experiencia vivida.
Orientación específica

Finalmente, el adulto por lo común necesita una orientación específica, de carácter profesional, que le ayude en esa función de puente entre los niños y la literatura. Una orientación que contribuya a que él mismo, como adulto, vaya disfrutando cada vez más, en la práctica, del lenguaje y el juego literarios. Ese es el sentido de un curso o taller especializado, sobre todo en lo relativo a manejo de repertorio, calidad de lectura y oralidad literaria.
La primera tarea de un programa de orientación específica de esta índole, es completar y profundizar la visión que pueda tener cada persona sobre la necesidad de hacer del niño un buen lector. Obviamente, el que desea dicha orientación está ya sensibilizado con el tema; pero probablemente no ha visto aún toda su dimensión e importancia. La siguiente tarea fundamental del programa es enseñar a enfrentar la primera de las dificultades técnicas de este trabajo: la de discernir cuál es el repertorio conveniente según la edad y el desarrollo del niño o grupo de niños. Y a esta tarea sigue la que concierne a la segunda dificultad técnica: una vez escogido el texto adecuado, qué hacer con él, cómo utilizarlo de manera efectiva. Esto último implica, entre otras cosas, el más importante de todos los recursos: la lectura eficaz en voz alta, el dominio de la oralidad literaria.
Ahora bien, la más general y básica de todas las necesidades de orientación literaria, es la que se refiere a la calidad. Cómo saber si una obra es de gran calidad, de calidad satisfactoria, o pobre, o abiertamente mala. Si uno está desorientado al respecto, este es un problema que no se puede resolver con un texto teórico, con una lista de consejos, ni con un simple programa de "herramientas" dinámicas. Este es un problema en que el conocimiento objetivo y los factores subjetivos se mezclan de forma compleja. Y es necesario orientarse y afinarse sobre el valor literario y poético de los textos, porque, si bien es cierto que en un principio uno puede valerse, por ejemplo, de versificaciones sin valor poético pero muy sonoras y lúdicas, que son útiles para formar el oído del niño chico y comenzar a enamorarlo de la literatura, una vez pasada esa etapa es necesario que los versos tengan valor poético, rango estético. Pero, ¿cómo determinarlo? Este es un problema de capacitación y afinación, que requiere un proceso formativo. Un curso o taller teórico práctico bien diseñado será un sólido punto de partida. Pero lo principal será el contacto sostenido, gustoso y bien orientado con la buena literatura. Vale la pena subrayar esas palabras: sostenido, gustoso y bien orientado. Quien realmente se interese en esto, y se sienta inseguro, deberá buscar esa orientación. Una mezcla de auténtico interés y humildad, es fundamental. (Situación grave sería la de quien no fuera consciente de su propia carencia, que creyera saber lo que no sabe y tener la afinación que no tiene. En ese caso, que Dios se apiade de todos los niños a su alcance.)
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