Palabras leídas en el lanzamiento de Corporación Lectura Viva. Café Literario de Providencia. Santiago, 21 de abril de 2004
Aramis Quintero
Escritor.
Investigador literario.
Especialista en Literatura Infantil y Juvenil.
Decir que la poesía es la Cenicienta de la literatura, tiene hoy día un sentido lamentablemente muy claro: la poesía, entre todos los géneros literarios principales, ha venido a menos, por virtud de un mercado que privilegia ganancias más seguras y fáciles. Desde luego el asunto no es tan simple: el mercado de hoy opera en un mundo caracterizado cada vez más por la prisa, el pragmatismo, la inseguridad, el temor, el estrés. Es decir factores totalmente opuestos al ánimo reposado, atento e inquisitivo que se necesita para actividades tales como la reflexión, la percepción de sensaciones y emociones que pueden ser sutiles, y el goce estético que hace de esas actividades una experiencia sui generis, distinta de cualquier otra experiencia. Estas son las actividades esenciales en la experiencia poética. Las cuales, en conjunto, constituyen una actividad verdaderamente meditativa, que es imposible en medio de nuestro ritmo físico y psíquico habitual, y en medio de los temores y prioridades que nos gobiernan. La poesía es una forma de meditación, y exige un espíritu centrado, no disperso, no expulsado de sí mismo por la velocidad, el ruido interior y las angustias de diverso origen que padecemos.
La poesía, por tanto, y el estilo habitual de nuestra vida, son antagónicos. De ahí que el mercado le haya puesto las ropas de la Cenicienta, y la excluya cada vez más del baile.
Pero esto tiene un precio, obviamente, y ese precio puede describirse en términos de salud y calidad de vida. Y como en tantos otros aspectos, el problema se muerde la cola: nos falta poesía, porque nuestra vida está enferma; nuestra vida está enferma porque nos falta poesía.
Al decirlo así, se notará que vamos más allá de la poesía como género literario. Estamos hablando de la poesía como cualidad esencial de muchas cosas, artísticas o naturales, deliberadas o espontáneas, previstas o imprevistas. Una cualidad que no percibiremos si no hemos desarrollado la atención y sensibilidad que requiere. Es decir, si nos hemos cerrado, encallecido, osificado para la experiencia poética. Se trata de una artrosis, y como todas las artrosis, significa malestar y limitación. Sólo que no nos damos cuenta de qué es exactamente lo que nos duele, y para qué estamos, exactamente, limitados.
Ahora bien, si hay algo que puede abrirnos la puerta de esa cualidad esencial, de esa experiencia, es la poesía escrita. Porque si la lectura de la poesía exige reposo y claridad al espíritu, el hábito de leerla, el contacto frecuente con la poesía escrita, da al espíritu reposo y claridad. En este sentido, es un remedio contra la enfermedad de nuestro tiempo. Es sanadora.
Podemos ver entonces que la poesía es la Cenicienta de la literatura, también, en otro sentido. Porque, ¿quién era esa joven desaliñada y preterida del cuento, a la que sus pragmáticas hermanas excluían del baile? ¿Quién era en realidad sino la princesa, la que deslumbró al príncipe? Y lo deslumbró porque en ella reconoció él la esencia misma de la belleza y de la vida, aquello de lo que no podía prescindir. Su vida palaciega tenía de todo, pero eso le faltaba.
Estamos preparando a nuestros niños para que la princesa les falte. Se la mantenemos a un lado, cubierta de ceniza, y no descubrirán lo que es. No encontrarán ni el zapatico. Esa triste preparación comienza cuando no tenemos tiempo para leerles poesía, cuando no sabemos qué poesía leerles en cada etapa de su vida, cuando tampoco tenemos tiempo para orientarnos al respecto y buscarla, cuando tampoco vemos, y esto es lo grave, que sea importante hacerlo. Y todo ello, porque a nosotros tampoco nos abrieron las puertas de la poesía. Puede ser que un día nos guste un poema, pero eso sería todo. Porque, en el fondo, pensamos que la poesía es un adorno, como el piano en ciertas casas, o los libros hermosamente encuadernados, donde nadie de veras hace música en ese piano, donde nadie lee realmente esos libros.
Si la escasez de lectores en general es un problema difícil, mucho más difícil es la escasez de lectura poética. Se piensa siempre en la narrativa, casi nunca en la poesía. Porque, además de los problemas ya apuntados, está el hecho de que en el caso de la poesía la desorientación es aun mayor. Desorientación en todos los sentidos: dónde encontrarla, cuál escoger para un niño o niños determinados, cómo leerla… Y no hablemos de lo que hace falta para distinguir la verdadera poesía de esos rengloncitos rimados y medidos, a veces incluso mal medidos, que se componen con todo tipo de tonterías y enseñanzas, para que esos pequeños tontos que son los niños se diviertan mientras crecen y llegan a ser inteligentes. Desde luego, cuando esto ocurra, y no resistan ya esas tonterías, si es que alguna vez las resistieron, ya estarán tan lejos de la poesía como nosotros. Su mundo será el que conocemos. Si tienen éxito, estarán como el príncipe en su palacio, pero sin Cenicienta. Tendrán sus malestares, como todo el mundo, y sobre todo un cierto mal de ausencia, pero no sabrán ausencia de qué. La llamarán con otros nombres.
