Breve historia de la literatura infantil chilena

 

Manuel Peña Muñoz.
Escritor.
Investigador literario.

Especialista en Literatura Infantil y Juvenil.

En los últimos años, la literatura infantil chilena ha sido revalorizada. Continuamente hay conferencias y ferias dedicadas al arte del buen libro para niños. Pareciera que los editores, maestros y padres han comprendido que es en la infancia cuando se forma verdaderamente el gusto por la lectura y que es necesario divulgar entre los niños aquellos libros que los formen espiritualmente, los cautiven por su fantasía y les enriquezcan su vida interior.

Los expertos han concordado en que los libros cultivan la sensibilidad del niño, fortalecen su individualidad, le desarrollan la imaginación, la capacidad para soñar y viajar a otros mundos distantes, además de contribuir a su perfeccionamiento idiomático.

Curiosamente en un mundo tecnificado, los libros han vuelto a los hogares y cada vez más, las editoriales los publican cuidando sus detalles y sus ilustraciones, conscientes de que ellas educan también al niño en su gusto estético.

En Chile, el libro infantil se ha profesionalizado. Hoy se editan incluso con recomendaciones por edades y se publican críticas sobre ellos. No las suficientes, pero al menos, es una señal de que hay un interés creciente de parte de los profesionales del libro y de la educación.

Orígenes de la literatura infantil.

Nuestro país, a través de su historia, ha pensado en la infancia desde épocas remotas, cuando los indígenas – como en todo el continente latinoamericano – contaban leyendas a sus hijos, transmitiéndoles una sabiduría ancestral de generación en generación. Eran historias portentosas de las que da cuenta el cronista español Alonso de Ercilla cuando escribe el poema épico La Araucana en el siglo XVI y describe sorprendido, a través de Cantos, la estrecha relación que ve entre padres e hijos. Son los caciques quienes educan a los niños en el adiestramiento físico y en la narración de mitos que posteriormente van a ser recogidos por los estudiosos del folklore – Yolando Pino, Ramón Laval, Oreste Plath – formando un importante acervo de narraciones de origen mapuche, verdadera cantera para la recreación de cuentos infantiles de origen vernáculo.

No se le escapan de la mira los niños y jóvenes indígenas a los españoles. Advierten sus costumbres, sus juegos de imitación de los animales – el pudú y el puma – y ven en ellos una extraordinaria capacidad física. Pronto, con la difusión del idioma castellano y de la religión que viene del Imperio, los niños criollos participan en obras de teatro realizadas en el interior de los internados católicos.

Teatro y folklore infantil.

A mediados del siglo XVII existía en Santiago el colegio jesuíta Convictorio Carolino donde los sacerdotes realizaban con niños y jóvenes una serie de obras inspiradas en pasajes bíblicos, misterios y autosacramentales. En el año 1663 representan una de estas obras en la que toman parte escolares. El historiador José Toribio Medina sostiene que la primera obra de teatro escrita en territorio chileno fue un sainete campesino en el que tomaban parte estudiantes. Más tarde, en el año 1792, se tiene noticia de la publicación de la obrita El coloquio de la Concepción cuyo protagonista era un estudiante.

Junto con las representaciones escolares de carácter religioso o patriótico, se difunden los juegos que siempre tienen un sentido teatral. A los niños les gusta y pronto aprenden aquellas rondas, rimas, juegos de cordel, adivinanzas, trabalenguas y juegos de prenda que provienen de España pero que en nuestro suelo se folklorizan y adquieren carta de ciudadanía propia tiñéndose del aroma de nuestros campos: perfume de albahaca, de menta, de yerbaluisa y de cedrón. Las madres arrullan a los niños con aquellas inefables canciones de cuna que son las primeras manifestaciones poéticas que escucha el niño:

Duérmete, guagüita
duérmete, por Dios
por los capachitos
de San Juan de Dios.

Enseguida vienen las primeras oraciones, los villancicos, el Corre l ‘anillo, caballo tordillo y los cuentos de brasero aromados a carbón de espino que se inician con aquellos versos decisivos como un conjuro:

Para saber y cantar y contar para saber
estera y esteritas para secar peritas
estera y esterones para secar orejones
No le echo más matutines pa’ dejarlos pa’ los fines
ni se los dejo de echar porque de todo ha de llevar
Pan y queso pa’ los tontos lesos
pan y vino pa’ los paires Capuchinos
pan y pan pa’ las monjas de San Juan
pan y afrecho pa’ los burros de Ño Jecho
pan y cebá pa’ los que no saben ná.

Estera una vez…

Desde luego que las tradiciones populares infantiles se mezclan con las culturas antiguas, de manera que no hay que sorprenderse cuando oímos de norte a sur del país, un juego de pañuelo de origen quechua:

Corre corre la huaraca
el que mira para atrás
se le pega en la pelá.

El pañuelo lleva un nudo porque simula una trenza que es lo que en lengua indígena quiere decir huaraka o waraka..

Los estudiosos recopilan cuentos de nunca acabar y fray Félix José Augusta recoge los primeros Cuentos Araucanos de labios de los indígenas, consciente de que allí hay una verdadera mina literaria para entregar a las nuevas generaciones.

Cartillas, catones y silabarios.

Los españoles tienen afán de educar a la infancia y es así que traen a nuestro país las cartillas y catones para enseñar a leer. El Hospicio de Nuestra Señora de Atocha de los Huérfanos de la Ciudad Capital del Virreinato del Perú gozaba de privilegio de venta de las cartillas destinadas a enseñar a leer por el sistema del deletreo y las combinaciones silábicas. Estas cartillas se difundieron en toda la América española entre los siglos XVI y XVII. Los catones, a su vez, eran los primeros libros de lectura con oraciones, trozos morales y pequeñas biografías de santos adaptadas a los niños. Sólo en el siglo XVIII, al aumentar la población y aparecer asegurada su estabilidad, comienza a apreciarse una mayor demanda de lectura.

Se desarrollaron las bibliotecas particulares de las órdenes religiosas y de algunas corporaciones. Lógicamente estas bibliotecas contenían libros para la infancia de carácter educativo que se importaban de España como el Discurso sobre la Educación Popular de Pedro Rodríguez de Campomanes que fue recomendado por el secretario del Tribunal del Consulado, Anselmo de la Cruz, como libro de lectura obligatorio para las escuelas del país.

Lógicamente las cosas van a cambiar durante la Independencia después de que en 1812 surge la primera imprenta en la que se editó el primer periódico nacional La Aurora de Chile. Este hecho singular fue decisivo para la autodeterminación de lo que el país verdaderamente necesitaba. Fue así que en 1821 aparece el primer libro para niños editado en Chile que fue la Cartilla del Padre Zárate de Fray Pedro Nolasco Zárate de la Orden de San Francisco. Con posterioridad vinieron otros libros de lectura, silabarios y métodos para enseñar a leer como el famoso Silabario del Ojo (1884) de Claudio Matte, hasta que con el cambio de siglo comienza una preocupación por las lecturas verdaderamente recreativas de la infancia.

“El Peneca” y otras revistas chilenas.

En 1908 don Emilio Vaisse funda en Santiago la revista El Peneca dirigida por muchas décadas por Elvira Santa Cruz Ossa (Roxanne), (1886-1960) una mujer extraordinaria que dio alas para la fantasía a muchas generaciones de niños no solamente de Chile, sino de toda Latinoamérica, ya que la revista circulaba por todos los países de nuestro continente llevando el milagro de la palabra bien escrita.

El Peneca contenía fábulas, cuentos chilenos, poesías, narraciones tomadas del folklore latinoamericano y cuentos clásicos ilustrados por Coré, Mario Silva Ossa, un gran artista que dibujaba sugerentes portadas a todo color y que formó la sensibilidad artística de muchas generaciones, hasta su muerte acaecida en 1950.

El Peneca fue un suceso sin precedentes ya que circuló ininterrumpidamente desde su fundación hasta 1960, manteniendo siempre la calidad artística y literaria. El tiraje era extraordinario, ya que se editaban 240.000 ejemplares semanales que se distribuían a toda América Latina, llevando a muchos hogares las aventuras de Quintín el aventurero, Papa Rucha y su hijo Mote, El Capitán Luna y tantas otras. Simultáneamente Chile tuvo  algunas revistas importantes, entre ellas El Cabrito, Simbad, Aladino, Mamita y muchas otras que desaparecieron cuando en los años 60 hizo irrupción en nuestro país una verdadera avalancha de revistas de historietas norteamericanas de Walt Disney (El Ratón Mickey, el Pato Donald) y Walter Lantz (El Pájaro Loco), entre otros, traducidas en México, lo que significó una notable pérdida de nuestra identidad cultural.

Los precursores.

Blanca Santa Cruz Ossa, hermana de la directora de El Peneca se destacó también difundiendo entre los niños chilenos la cuentística universal en hermosos libros que se han reeditado en Editorial Zig Zag, entre los que sobresalen Cuentos Chilenos y Cuentos Araucanos. En este último encontramos una versión mapuche de La Cenicienta protagonizada por la bella Antú y Longopanqui, el hijo del gran toqui. Aquí, la muchacha desea asistir al gran Nguillatún o ceremonia indígena de invocación de los dioses y le pide a una varillita que ya ha echado brotes que le conceda sus deseos. Después de las danzas rituales, el joven enamorado la busca de ruca en ruca…Las alusiones a elementos propios de la cultura araucana nos emocionan fuertemente: los golpes del kultrún, la sonora trutruca, los silbidos de la pifilca, la muchacha vestida con chamal y adornos de plata…

Luego se destaca Henriette Morvan, quien, a fines de la década del 30, firmaba con un delicioso pseudónimo: Damita Duende. Ella también llevó la magia de la palabra a tantos niños que se deleitaron leyendo Doce cuentos de príncipes y reyes (1938), Doce cuentos de hadas (1938) y tantos otros. Igualmente Ester Cossani escribió en esta época Leyendas de la quena de inspiración quechua y Las Desventuras de Andrajo (1942) que es su obra más representativa.

De este tiempo son los Cuentos de mi tío Ventura (1930) de Ernesto Montenegro ambientados en San Felipe, muy bien escritos y con el sabor de la tierra campesina. Es una época en que se valoriza mucho el folklore y por eso, Marta Brunet escribe sus famosos Cuentos para Marisol (1938) ambientados en la región del río Maule con sus torcazas, chincoles y pataguas. El libro va dedicado “a los niños de Chile estas historias nutridas de la tierra nuestra que han hecho para ellos dos mujeres que los aman tiernamente”. (Se refiere a la ilustradora María Valencia). De este hermoso conjunto sigue siendo vigente por su poesía, originalidad , modelo de síntesis y profundidad de contenido el cuento Por qué la loica tiene el pecho colorado, un clásico de la literatura infantil chilena.

Otra narradora inspirada en la cuentística de la tradición popular es Carmen de Alonso, creadora de Medallones de Sol (1956), Medallones de Luna (1956) y  Cantaritos (1958). Todos sus libros tienen un estilo poético y demuestran conocimiento en el arte de narrar cuentos. Igualmente hay que mencionar a Maité Allamand (1911) con Alamito el largo (1950) la historia de un árbol soñador e inquieto en las riberas del río Maule.

La poesía de Gabriela Mistral.

Gran conocedora de la infancia y preocupada de la condición social, la maestra rural que fue Lucila Godoy Alcayaga escribió poemas para la infancia desvalida bajo el pseudónimo Gabriela Mistral, nombre de arcángel y apellido de viento.

Nacida en Montegrande en el valle del Elqui – tierra de vendimiadores y pastores a la que volvió siempre como se vuelve a la patria de la niñez – Gabriela Mistral (1889 – 1957) escribió páginas notables inspiradas en el genuino folklore latinoamericano.

Gustó principalmente de la ronda, el romance y la canción de cuna. Colaboró con los grandes educadores reformistas de latinoaméricana, principalmente con Vasconcelos en México, país que la acogió y la valoró desde sus inicios. Allí escribió sus Lecturas para Mujeres y numerosos poemas infantiles:

Una niña que era inválida
dijo ¿cómo danzo yo:
Le dijimos que pusiera
a danzar su corazón.

En un país donde el niño es pobre y sin educación, escribe Los Derechos del Niño y reivindica su lugar en la sociedad: “El niño debe tener derecho a lo mejor de la tradición, a la flor de la tradición, que en los pueblos occidentales, a mi juicio, es el cristianismo”.

La maternidad, el americanismo y el indigenismo fueron sus temas señeros, pero fundamentalmente el niño le preocupó siempre. En la actualidad, Gabriela Mistral está muy valorada en Chile a raíz de los cincuenta años de otorgársele el Premio Nobel en 1945. Roque Esteban Scarpa ha compilado sus valiosímos artículos y ensayos – Gabriela anda por el mundo (1978), Magisterio y Niño (1979) – en tanto que el poeta Jaime Quezada ha publicado entre otros Poesía y Prosa y Los Motivos de San Francisco que contienen páginas bellísimas para la niños de Chile y Latinoamérica.

Otros poetas destacados que han sido precursores en el arte de escribir bellos poemas para la infancia han sido Max Jara, Juan Guzmán Cruchaga, Andrés Sabella, Lucía Condal, Oscar Jara Azócar, Robinson Saavedra, Oscar Castro, Efraín Barquero, Miguel Arteche, Miguel Moreno Monroy y Floridor Pérez, continuamente reeditados en antologías de poesía infantil.

Hernán del Solar, Tío Cuenta Sueños.

Como Gabriela Mistral, Marta Brunet y Marcela Paz, Hernán del Solar (1901-1986) también obtuvo el Premio Nacional de Literatura (1968) por su obra dedicada a la infancia. Poeta, soñador, gran conocedor de la literatura universal, principalmente inglesa, Hernán del Solar quería formar una generación de jóvenes lectores a través de sus libros de imaginación fantástica y detectivesca. Era un hombre concentrado que le gustaba contarle cuentos a su único hijo Emilio, actualmente radicado en Paris. A raíz de ello, el poeta Andrés Sabella lo bautizó “Tío Cuenta Sueños”. Tal vez, en el recuerdo del escritor estaba presente la institutriz peruana que le contaba cuentos siendo niño. Aquellas historias fabulosas exacervaban su imaginación y predisponían su espíritu hacia la ensoñación fantástica. Así nació Kimbo, el mentiroso, su primer cuento. Más tarde, en 1946, funda Rapa Nui, la primera editorial en Chile exclusivamente dedicada a los libros para niños. A partir de esa fecha hasta 1951 aparecieron 60 hermosos volúmenes, muy bien editados, en su mayoría escritos por Hernán del Solar e ilustrados por los artistas de la época: Coré, Darío Carmona, Elena Poirier y Yola, la ilustradora del Papelucho clásico.

Los títulos más representativos de Hernán del Solar son La Niña de Piedra, Memorias de una Sirena, Las aventuras de Totora, La Porota y Cuando el viento desapareció, entre muchos otros. Este autor se escondía siempre bajo originalísimos pseudónimos como Bat Palmer, Ricardo Chevalier, Walter Grandson y muchos otros. Su editorial publicó la primera edición de Cocorí del costarricense Joaquín Gutiérrez, ganador del Premio Rapa Nui 1947, considerado un clásico de la literatura infantil de América Latina.

Marcela Paz y “Papelucho”.

He aquí la obra más representativa de la literatura infantil chilena. La escribió Marcela Paz (1902-1985) pseudónimo de Esther Hunneus de Claro quien inició la serie de este niño típico de la clase media chilena que se expresa a través de un diario de vida con naturalidad y gran sentido del humor. La idea le nació a la autora cuando antes de casarse, su novio le regaló una agenda con una página amplia para cada día. Así, empezó a escribir Papelucho (1947) al que le siguieron Papelucho casi huérfano, Papelucho en la clínica, Papelucho historiador y muchos otros que han hecho la alegría de muchos niños chilenos hasta el día de hoy que continúa entreteniendo a los de la generación de los computadores.

El estilo rápido y conciso atrapa de inmediato y pese al medio siglo transcurrido, Papelucho sigue conservando su frescura y su gracia inmediata y contagiante: “Pero mientras mi mamá hablaba, se había descolgado una araña del techo y trabajaba derechito por su propio hilo pataleando sulfurosa. No sé por qué la dirigí telescópicamente a la cabeza de la tía Lala que era una verdadera torta de pelos brillantes”. La obra de Marcela Paz ha merecido muchísimas distinciones internacionales, además de estar traducida a muchos idiomas.

Nuevas tendencias en la literatura infantil y juvenil.

En 1964 Marcela Paz crea, a iniciativa de la escritora española Carmen Bravo-Villasante, la sección chilena de IBBY, que en la actualidad agrupa a los principales escritores cuyas obras literarias están dirigidas a la infancia. La misión de esta organizacion – dirigida en la actualidad (2003) por el escritor Víctor Carvajal – es promover los libros infantiles de calidad literaria, participar como jurado en certámenes literarios, dictar charlas y seminarios de literatura infantil, realizar visitas a colegios y difundir reseñas críticas y artículos especializados a maestros y bibliotecarios en la revista Colibrí.

Se destaca fundamentalmente por su larga trayectoria Alicia Morel (1921), una de las voces más conocidas y originales de nuestra literatura para niños. Uno de sus principales libros es La Hormiguita Cantora y el Duende Melodía (1956) que contiene diversos cuentos en los que predomina un tono poético y una narrativa simple de personajes claros y diálogos concisos y armoniosos. Luego vienen Cuentos de la Pícara Polita (1973), El increíble mundo de Llanca (1977), Perico trepa por Chile (1978) (junto a Marcela Paz), Polita va a la escuela (1985), Viaje de los duendes al otro lado del mundo (1988), El árbol de los cielos (1990), Polita aprende el mundo (1991), La Hoja Viajera (1991), Una aguja y un dedal (1992), Cuentos de la lluvia (1993), La Edad del Sueño (1996) y muchos otros en los que predomina siempre el sentido poético, el humor y la fantasía, unidos a una rica cultura literaria.

Su experiencia con teatro infantil la ha llevado a escribir numerosas obras para títeres y también para ser representadas por niños. Su obra más relevante es Cuentos Araucanos, la Gente de la Tierra (1983), inspirada en mitos mapuches, en la que recrea antiguas narraciones de origen indígena como la Leyenda de las Lamparitas y Cuando el sol y la luna olvidaron la tierra. Por su simpatía y su llegada natural, esta hada-niña es en la actualidad una de las escritoras más leída por los niños chilenos. Su experiencia en el teatro infantil la ha llevado a escribir también numerosas obras para títeres y para ser representadas por niños.

Siempre en la línea de la recreación de cuentos folklóricos se destaca María Silva Ossa, hermana de Coré, el ilustrador de El Peneca. Esta autora ha escrito El hombre cabeza de nieve (1966), Perejil Piedra (1975), Aventuras de tres pelos (1975) y recientemente Las calzas del brujo (1993) con la rica imaginería poética del cuento tradicional.

Una autora dedicada a la literatura infantil es la periodista y escritora Lucía Gevert, directora de Colibrí, impulsora del grupo IBBY y autora de numerosos libros en los que se refleja su interés por defender la naturaleza, la ecología y los mitos indígenas. Entre sus obras se mencionan El Puma (1969), El Mundo de Amado (1991) sobre tradiciones y leyendas onas; Aguas oscuras (1992) y Aventuras del Profesor Zavedruz (1993) que tiene un fondo científico. Recientemente ha destacado con el libro Lo cuenta el cono sur, (1997) conjunto de relatos inspirados en mitos indígenas sudamericanos.

Dentro de los autores más modernos hay que destacar a Víctor Carvajal (1944), en la corriente del realismo social. Este escritor se inició con la obra Cuentatrapos, Premio El Barco de Vapor 1984, uno de los premios más importantes que se conceden en España convocado por la Fundación Santa María y Ediciones S.M. Madrid. La obra reúne un conjunto de cuentos ambientados en poblaciones de Santiago, protagonizadas por niños marginales. Le sigue Chipana (1986) basada en la venta indiscriminada a Estados Unidos de llamas, alpacas y vicuñas por parte de un pueblecito del norte de Chile. Sin saberlo, un niño pastor de apellido Chipana es un ecólogo al salvar su manada y esconderla en el valle. Este libro, de inspiración ecológica conjuga una serie de leyendas, saberes populares y elementos míticos de este pueblo nortino.

Luego vienen Fray Andrés, otra vez (1989) basada en una creencia religiosa de una iglesia santiaguina y Sakanusoyin, el cazador de Tierra del Fuego (1990), basada en la vida de un grupo de muchachos de la tribu de indios yaganes, raza indígena desaparecida en el extremo sur de Chile, en un intento de reconstitución de un mundo cultural perdido. Con esta obra el autor obtuvo el Premio de Literatura Infantil del Consejo del Libro y la Lectura 1995.

Otro libro suyo es Como un salto de campana (1992) que narra la historia de un niño, hijo de padres chilenos, pero nacido en Alemania en la década del 70, que decide viajar a Chile a conocer a su abuelo materno a la isla de Chiloé. El libro mezcla la rica mitología chilota con los saberes germanos que trae el niño educado en un mundo europeo. Estos libros inspirados en la realidad se prestan mucho como base para el diálogo con los niños y jóvenes.

De reciente aparición es Mamire, el último niño (1996) que describe la vida de un niño en el norte de Chile, al interior de Iquique, donde la vida se extingue y los habitantes han emigrado. En la escuela es el único alumno y en el pueblo, el único niño. Surge la alternativa: emigrar como todos o valorizar la riqueza de sus raíces. Con este libro, el autor ha obtenido por segunda vez consecutiva el Premio de Literatura Infantil del Consejo del Libro y la Lectura 1997.

Victor Carvajal promueve la literatura infantil a través de diversos programas de animación a la lectura con profesores de todo Chile. Dirige además la librería “Sol y Luna”, la única en Santiago de Chile dedicada exclusivamente a la difusión del libro infantil y juvenil de calidad.

Dentro de la corriente psicológica se destaca Cecilia Beuchat con sus libros Cuentos con algo de mermelada (1987), Cuentos con olor a fruta (1989) y Cuentos de perros, gatos y canarios (1993), protagonizados por niños de la clase media santiaguina que sufren por alguna causa y ven solucionados sus problemas gracias a la ayuda del afecto y la comprensión. En estos cuentos no hay hadas madrinas, pero la transformación se logra gracias al calor humano. La autora nos dice que muchas veces un buen consejo viene a equivaler a las palabras mágicas de los cuentos tradicionales.

De reciente aparición es Cuentos de otros lugares de la tierra (1998) junto a Carolina Valdivieso. Se trata de un hermoso libro de gran formato y con bellas ilustraciones. Para la preparación de esta cuidada antología las autoras seleccionaron y tradujeron un conjunto de doce cuentos de diversos puntos del globo terráqueo con el fin de brindar a los niños hermosas narraciones enmarcadas en distintas culturas. De este modo, el niño lector conoce un espectro muy amplio de formas de vida – de Africa, Jamaica o Nueva Zelandia – a la vez que se recrea en unas historias cuyas traducciones han respetado cuidadosamente la idiosincrasia de cada pueblo, sus tradiciones, vestimentas, usos y costumbres. El libro se inscribe en la tendencia actual de la literatura infantil y juvenil que pretende integrar a los niños del mundo en una visión multicultural y multiracial con el propósito de lograr una mayor comprensión y comunicación entre los pueblos. Otro libro para niños de Cecilia Beuchat es Corazón de alcachofa (2003) publicado en editorial Alfaguara.

Autora de gran sensibilidad poética y don de la fantasía es Jacqueline Balcells (1944) que se inició escribiendo cuentos en Francia y que a partir de 1986 con El niño que se fue en un árbol escribe en Chile una serie de libros dotados de brillante imaginación y naturales condiciones para el género. Sus títulos más relevantes son El archipiélago de las puntuadas (1987), El polizón de la Santa María (1988), La Hacedora de Claros y otros sueños (1988), El País del Agua (1991), Cuentos de los reinos inquietos (1993) y Siete cuentos rápidos y cinco no tanto (1993). La  prosa limpia de Jacqueline Balcells la ha hecho acreedora de diversas distinciones, entre ellas del Trofeo Bonnemine D´Or en 1922 por Leo contra Lea de la Colección J´aime Lire Bayard Presse, otorgado al cuento que tiene mayor éxito entre los jóvenes.

Con la escritora Ana María Güiraldes ha escrito una profusa obra para niños y jóvenes. Como si tocasen piano a cuatro manos, estas autoras escriben “a dúo” numerosos libros tocados por la magia y el asombro. Son libros de ciencia ficción como Aventura en las Estrellas (1987), Misión Alfa Centauro (1988), La Rebelión de los Robots (1989); de corte histórico como la serie Un día en la vida de…y Cuentos secretos de la historia de Chile (1992); de corte policial como Trece casos misteriosos (1990), Querido Fantasma (1992) y recientemente de tipo detectivesco protagonizados por la adolescente Emilia, entre ellos Emilia en Quintay (1996)  y Emilia y la Dama Negra (1997).

Ana María Guiraldes es autora de una serie de libros en los que predomina un don para la narrativa y un exacervado sentido para jugar con las palabras, especialmente notable en los libros para los niños más pequeños, en los que aparecen rimas lúdicas y onomatopeyas. Su primer libro es Ratita Marita; La lombriz resfiada (1985). Luego vienen otros libros ilustrados por su hermano Ricardo Güiraldes que ha hecho carrera en Inglaterra. Se destacan Animales, animalitos y animalotes (1987), El mono buenmozo y otros cuentos (1987), La pata patana y otros cuentos (1990), Mariano Isla (1990), los cuentos La dotorcita, Bonifacio, Eufrasio y Nicasio, La vigía del campo, Giralunasoles (1993)  y recientemente una serie de novelas para jóvenes en las que predomina la capacidad para fabular entre la fantasía y la leyenda. Son ellas Un embrujo de cinco siglos (Lista de Honor del IBBY 1992), El castillo negro en el desierto (1992) y El violinista de los brazos largos (1994). Ana María Güiraldes obtuvo el Premio Municipal de Literatura 1983 con su obra El Nudo Movedizo.

También se destaca Saúl Schkolnik (1929), autor de una prolífica obra para niños. Este autor se inicia en el campo literario con Un cazador de cuentos (1979) ganador del Concurso Latinoamericano de Literatura Infantil convocado por la UNESCO en Colombia. Luego publica muchos libros, entre los que se destacan Cuentos para adolescentes románticos (1979), Erase una vez un hermoso planeta llamado tierra (1979), Colorín, colorado, ovulito fecundado (1981), Cuentos de Tío Juan, el zorro culpeo (1982), Breve noticia de mi infancia (1984), La Historia de Fog, un sapo como cualquier otro (1985), Se necesita un rayo de sol (1986), José Hombre (1986), Cazando fantasía (1986), Antai, la historia del príncipe de los Licanantai (1986), Cuentos ecológicos (1993), Cuentos de los Derechos del Niño (1993). En su propia editorial Alicanto ha pulicado más de un centenar de libros de cuentos que él mismo va animando en sus continuas visitas a colegios, entre ellos se destacan La flor de Bartreus, Antonio y el ladrón, Tres burros más cinco manzanas y muchos otros. Sus libros tienen tres variantes, una de divulgación científica y ecológica, otra de pura invención fantástica y otra de recreación de mitos orales chilenos o latinoamericanos. En este sentido sobresale Tres príncipes (1993) ambientado en la cultura indígena del norte de Chile. Su último libro es Cuentos con pulgas (1997).

Se destaca también  Manuel Gallegos, autor de diversas obras de teatro infantil, entre ellas Las aventuras del señor don Gato (1980), Tres obras para Navidad (1987), Mamoe Uri, Mamoe Tea (1989), que en lengua pascuense quiere decir “Cordero Blanco, Cordero Negro”; La sorprendente historia de los niños picunches (1992), Encuentro en Tritón (1994) y muchas otras. Recientemente este dramaturgo ha incursionado en la narrativa. Entre sus cuentos se mencionan La prisión de la garza (1992), Ayun Ul (1992), que en lengua mapudungún quiere decir “El canto del amor”. En los últimos años ha publicado la novela Travesía Infernal (1997) en la que relata las peripecias de la goleta Ancud en la posesión del estrecho de Magallanes. Sobresaliente es su conjunto de cuentos ecológicos sobre los árboles de Chle titulado Cuentos para no cortar (1998).

Una autora destacada es María Eugenia Coeymans, autora de Alas doradas (1986), La Ovejita (1987), El caracol sin casa (1988), El reino de los aurus (1988), El secreto de la caja blanca (1991) y muchos otros “cuentos para conversar” en los que desea reforzar afectivamente la psicología del niño.

Otra escritora es Elena Aldunate, autora de una serie de ciencia ficción protagonizada por un misterioso ser intergaláctico llamado Ur y diversas adolescentes. Estos libros publicados por Editorial Universitaria son: Ur y Macarena, Ur y Alejandra, Ur y Almendra, Ur e Isidora.

Otro escritor de libros para niños e investigador de la literatura infantil es Manuel Peña Muñoz, autor de estas líneas. Escritor, crítico e investigador literario nacido en Valparaíso, Chile, en 1951. Profesor de Castellano y Doctor en Filología Hispánica. Cursó estudios de especialización en literatura infantil en España bajo la dirección de Carmen Bravo-Villasante. Ha publicado los siguientes libros de narrativa: Por qué el mar es salado (1983), El Niño del Pasaje (1989), Premio del Círculo de Críticos de Arte de Valparaíso 1989; María Carlota y Millaqueo (1991), El juguete del príncipe (1993),  Por qué lloran los sauces, Colombia (1994) ; El collar de perlas negras (1994), Un ángel me sopló al oído, Colombia (1995) y Dorada Locura (2000). Relatos suyos han sido incluidos en las antologías Cuentos cortos de la tierra larga (1980), Cuentos de príncipes, garzas y manzanas (1991), Cuentos del fin del mundo (1992) y en el volumen Cuentos de esto y de lo otro (1993) publicado por la UNESCO. En el campo de la crónica ha publicado Ayer soñé con Valparaíso (1999), Memorial de la Tierra Larga (2001) y Los cafés literarios en Chile (2002)

En los últimos años se ha destacado Mauricio Paredes con sus libros La Cama de Bartolo (2001) y Yo me amo (2003) publicados en Alfaguara. Son libros que han logrado conectar con la sensibilidad de los niños a través de un lenguaje llano y humorístico.

Por su parte María de la Luz Uribe se afincó en España con su esposo, el ilustrador Fernando Krahm y ambos publicaron hermosos libros para niños en España y Chile, entre los que se destacan La señorita Amelia (1983) (Premio Apelles Mestres, Barcelona) y Cuentecillos con mote (1987) inspirado en la nostalgia de las cosas chilenas. Lamentablemente esta escritora que desde Sitges pensó a los niños de Chile, falleció en 1993, dejando un hermosa herencia literaria para las futuras generaciones.

Los ilustradores merecen mención aparte. Hay algunos de real jerarquía, entre ellos Marta Carrasco, Andrés Jullian, Tomás Gerber, Carlos Rojas Mafioletti, Eduardo Osorio, Antonio Castell, Paloma Valdivia, Alberto Montt, Raquel Echeñique  y muchos otros. Se destaca Beatriz Concha – hija de la conocida escritora Esther Cosssani -que es también autora de libros, entre ellos El país de las ausencias (1994) y Rosita Sombrero (1995)  con el que obtuvo el Segundo Premio de Literatura Infantil del Consejo del Libro y la Lectura 1997. En la actualidad reside en Paris donde desarrolla su arte creativo en el campo de la ilustración artística.

Los autores premiados fueron Victor Carvajal por Sakanusoyin en novela; Saúl Schkolnik por El cazador de cuentos y Héctor Hidalgo por Los Gatos de Venecia, premio compartido, mención cuento; y María de la Luz Uribe por Cuentecillos con mote en poesía. Este premio se volvió a convocar en los géneros de cuento, novela y poesía publicados en los años 1995-1996, obteniéndolo Victor Carvajal por Mamire, el Ultimo Niño y Beatriz Concha por Rosita Sombrero