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Lucila
Godoy Alcayaga, que más tarde adoptará
el seudónimo de Gabriela Mistral, nace
en Vicuña, pequeña población
del valle de Elqui (Chile), el 7 de abril
de 1889. Hija del maestro de escuela Juan
Jerónimo Godoy y de la modista Petronila
Alcayaga, su infancia transcurre entre las
aldeas de La Unión y Montegrande, adonde
se traslada su madre tras ser abandonada definitivamente
por su esposo en 1892. Las canciones campesinas,
el ambiente bucólico de una humilde
casa rural situada en el valle de Elqui y
las enseñanzas de su hermanastra Emelina
Molina Alcayaga son las principales influencias
durante esos tempranos años en los
que descubre la naturaleza genésica
con la que se identifica: montañas,
ríos, frondosos árboles, frutas,
pájaros y flores de colores fantásticos
que rondarán su mundo poético.
Abandonada
por el padre, esta mujer de naturaleza enfermiza
pero recia voluntad supo encontrar desde muy
temprano en la poesía la forma de trocar
en canto su sufrimiento y su dolor. Tenía
tan solo 11 años cuando la injusta
acusación de haber robado el material
didáctico que le habían encargado
la hizo salir apedreada por sus compañeras
de la escuela de niñas de Vicuña.
De allí se retiró para ser educada
por su hermanastra, quien supo orientar su
formación pedagógica y alimentar
con su ejemplo la vocación docente
de Gabriela. La presencia de Emelina, 15 años
mayor que ella, unida a la de su abuela Isabel
Villanueva, quien le transmitió el
conocimiento de la Biblia, serán las
imágenes familiares más influyentes
en la vida de la poeta y aparecerán
más tarde unidas en un único
e indisoluble recuerdo: «La Maestra
era pura. Los suaves hortelanos,
/ decía, de este predio, que
es predio de Jesús / han de conservar
puros los ojos y las manos, / guardar claros
sus óleos, para dar clara luz».
En
este proceso de formación autodidacta
resultará igualmente fundamental el
contacto con el periodista Bernardo Ossandón,
quien le permite acceder libremente a su magnífica
biblioteca y conocer la poesía de Federico
Mistral, los novelistas rusos y la prosa de
Montaigne, y le brinda su orientación
y su apoyo hasta el momento en que Gabriela
publica en el periódico El Coquimbo
sus primeros artículos y sus primeros
versos, con el nombre de Lucila Godoy.
A
los 16 años decide seguir la carrera
de maestra, para lo que solicita su ingreso
en la Escuela Normal de La Serena; pero es
rechazada porque sus ideas, que habían
aparecido reflejadas en algunos artículos
periodísticos, son consideradas ateas
y contraproducentes para la actividad de una
maestra destinada a formar niños. Gabriela
reclama entonces sus derechos y hace suya
la voz de las mujeres de Chile al publicar
en La voz de Elqui su artículo «La
instrucción de la mujer», en
el que exige que todas las mujeres tengan
derecho a la educación, y con el cual
consigue su nombramiento.
A partir de este momento emprende su tarea
de maestra, que la lleva en pocos años
del valle de Elqui a la región sureña
de la Araucanía y de allí a
las montañas que rodean la ciudad de
Santiago en un viaje que le permite captar
en toda su diversidad la naturaleza de su
verde país e identificarse con la entrega
y el servicio a los humildes a través
de su vocación docente: «La Maestra
era pobre. Su reino no es humano. / (Así
en el doloroso sembrador de Israel.) / Vestía
sayas pardas, no enjoyaba su mano / ¡y
era todo su espíritu un inmenso joyel!».
Son,
sin embargo, las experiencias del amor y de
la muerte las que van a marcar de forma más
definitiva el alma de Gabriela; tenía
tan solo 20 años cuando el suicidio
de su novio, el joven ferroviario Romelio
Ureta Carvajal, viene a dejarle una impronta
de angustia y de dolor que aparecerá
reflejada posteriormente en sus Sonetos de
la muerte: «Te acostaré en la
tierra soleada con una / dulcedumbre de madre
para el hijo dormido, / y la tierra ha de
hacerse suavidades de cuna / al recibir tu
cuerpo de niño dolorido».
Más
tarde vendrán otros amores, como el
vivido con el poeta romántico Manuel
Magallanes Moure, que se encontraba entre
el jurado que la premió en los Juegos
Florales de Santiago en 1914, y a quien dirige
una encendida correspondencia amorosa en la
que expresa su soledad y su dolor. A partir
del reconocimiento obtenido en este certamen
comienza en la vida de Gabriela una etapa
fecunda y creativa: publica algunos poemas
en la revista Sucesos y entra en contacto
con el poeta Rubén Darío, quien
publica en la revista Elegancias de París
su poema «El ángel guardián»
y el cuento «La defensa de la belleza».
Empieza
a publicar muchas de sus composiciones: «Los
sonetos de la muerte» salen a la luz
en la editorial Zig-zag, y en la revista de
Educación Nacional aparecen los poemas
«La maestra rural», «Plegaria
por el nido» y «Redención»;
además se la incluye en prestigiosas
antologías como la de poetas chilenos,
Selva lírica, preparada por Julio Molina
Núñez y Juan Agustín
Araya. Estas primeras incursiones en las letras
van a verse avaladas más adelante por
un crítico de la categoría del
español Federico de Onís, quien
dicta una serie de conferencias sobre su obra
a profesores españoles y norteamericanos
en la Universidad de Columbia y consigue que
el Instituto de las Américas de New
York publique en 1922 su primer libro, Desolación.
Su verso desnudo, que se opone a la poesía
aristocratizante del modernismo, se encuentra,
como bien ha señalado Consuelo Triviño,
impregnado de un panteísmo en el que
la geografía americana llega a ocupar
un lugar sagrado y por medio del cual la poeta,
que no aspira a captar la belleza de las cosas
sino la esencia misma de la vida, empieza
a ser conocida en todo el continente.
El filósofo José Vasconcelos
la invita a México a colaborar con
la reforma educativa y desde ese momento inicia
una existencia itinerante que la lleva a Estados
Unidos y luego a Europa en un periplo en el
que su vida de madre y amante frustrada encuentra
en la labor docente y en la poesía
la forma de exorcizar su dolor. Durante estos
años de constante errancia dicta conferencias
en diferentes universidades y se relaciona
con algunos de los intelectuales más
sobresalientes de su tiempo: Giovanni Papini,
Henri Bergson, Paul Rivet y Miguel de Unamuno,
entre otros. Ocupa cargos importantes en representación
de su país en España, Portugal
y Francia, y mientras recorre esos países
cargados de tradición y de historia
siente que las raíces que la ligan
a su tierra crecen con la distancia como un
árbol frondoso que se niega a desarraigarse
fácilmente del lugar donde ha crecido:
En el campo de Mitla, un día
de cigarras, de sol, de marcha,
me doblé a un pozo y vino un indio
a sostenerme sobre el agua,
y mi cabeza, como un fruto,
estaba dentro de sus palmas.
Bebía yo lo que bebía,
que era su cara con mi cara,
y en un relámpago yo supe
carne de Mitla ser mi casta.
El
encuentro con la vieja Europa sólo
ha servido para azuzar su nostalgia y permitirle
recuperar la imagen de América Latina
en Tala y Lagar, dos libros que se nutren
de sus paisajes y su esencia, y que sirven
de antesala a su gran Poema de Chile, en el
que trabaja intensamente durante los años
postreros de su vida y que sólo aparece
publicado de manera póstuma una década
después de su muerte en 1967.
La
poesía de Gabriela Mistral es, como
señala Óscar Galindo, «más
de la tierra que del aire», y a ella
le cabe un papel fundamental en esa amorosa
relación entre las personas, la naturaleza
y la cultura que desde Vallejo a Neruda han
transitado como senda tantos de nuestros poetas
Más sobre Gabriela:
Memoria Chilena
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